Era la hora, él lo sabía pero no quería aceptarlo, llovía, mientras todas las miradas se posaban en lo que llevaba en su mano, el carnicero tampoco tenía otra opción por lo que decidió hacerlo rápido y con su cuchilla pintada del color del atardecer terminó con lo que le habían encargado, al hacerlo los niños gritaban y sus lágrimas se confundían con las del cielo al mismo tiempo que el reloj marcaba dos minutos pasados el tiempo acordado por la ciudad, él ahora estaba en el suelo, con una mano vacía y en la otra con la llave del paraíso.