Los árboles parecían estar en un invierno constante, los animales ya no salían de sus madrigueras y los colores cálidos habían quedado en el olvido al igual que todos aquellos que los vieron algún día en algún tiempo de toda ésta comedia que es la humanidad, las casas de madera ya parecían confundirse entre la maleza y sin duda las risas de los viejos habían desaparecido para siempre, todo, hasta que un día llegó ella con su mochila llena de viajes, llegó de noche así que tan solo cerró sus ojos y se remeció ante un árbol gigante que allí la esperaba. Al otro día el aire ya se sentía distinto y los sonidos eran más vivos que hace cien años, ella abrió sus cristalinos ojos y de inmediato los árboles comenzaron a nacer, ella sonrió y las nubes se alejaron, ella habló y todo revivió.